Últimamente se habla mucho sobre la importancia de la inteligencia emocional, concretamente de la ‘educación emocional’. Pero, ¿qué encierran estas palabras? ¿Por qué resulta tan importante en los niños y adultos?

La evolución de la educación

Históricamente, el colegio se centraba en transmitir únicamente saberes cognitivos y memorísticos (matemáticas, lengua, etc…), dejando de lado los sentimientos y emociones que envolvían ese proceso educativo. Poco a poco, este paradigma fue evolucionando al ver la necesidad de educar a los niños en una serie de valores útiles para su crecimiento y socialización (educación para la paz, solidaridad, igualdad, etc), con lo que comenzó a darse una formación más global que incluyese esas variables que habían pasado desapercibidas.

Uno de los pilares de esa educación en valores, ampliado y profundamente estudiado, es el campo de la educación emocional, la cual ha supuesto una evolución en el ámbito educativo.

¿Por qué es conveniente ‘educar las emociones’?

Principalmente, porque esta es la única disciplina que supone una innovación educativa que responde a necesidades individuales y sociales no atendidas en las materias académicas ordinarias, tales como la autoestima, la empatía, las habilidades sociales, etc…

En definitiva, esta disciplina pretende que todos los niños tengan las máximas oportunidades de desarrollarse más allá de las calificaciones académicas, dejando atrás la idea de que el éxito académico es el único válido (¿Cuántas veces nos hemos tropezado con gente de brillante expediente y que no ha sabido desenvolverse en sociedad?).

Ya en 1983, Howard Gardner postulaba la idea de las ‘Inteligencias múltiples’ (sí, todos tenemos varias inteligencias que van más allá de lo académico), de la que se desprende que la inteligencia tradicional no es la única (es más, dicha inteligencia tan solo tiene un 10-20% de influencia sobre el éxito académico y profesional), y hace referencia a dos inteligencias que servirán de marco para el desarrollo de la inteligencia emocional: la inteligencia intrapersonal (conocerse a sí mismo) y la inteligencia interpersonal (conocer a los demás).

Aunque el boom de la inteligencia emocional vino en 1995 de la mano del libro homónimo de Daniel Goleman, los estudios más rigurosos comenzaron a realizarse a principios de los noventa de la mano de John D.Mayer y Peter Salovey, estableciendo los 4 pilares básicos de la misma:

> Percibir, valorar y expresar emociones.

> Moldear nuestro pensamiento a través de las emociones.

> Comprender y analizar nuestras emociones y las de los demás.

> Regular las emociones para promover el crecimiento intelectual.

Sintetizando todo lo expuesto anteriormente podemos definir la inteligencia emocional como la habilidad para tomar conciencia de las emociones (propias y ajenas) y la capacidad para regularlas y orientarlas al bienestar, estableciendo relaciones sociales positivas.

Las principales emociones son: miedo, ira, ansiedad, tristeza, vergüenza, aversión, alegría, amor, humor y felicidad; y aunque tienen un componente innato, la función principal de la educación emocional consistirá en tomar conciencia de estas emociones (lo que llamamos sentimientos) para poder enfocarlos al bienestar propio y facilitar las relaciones interpersonales.

Una persona (niño o adulto) que adquiera estas capacidades tendrá muchas más posibilidades de desarrollarse plenamente y, por lo tanto, de alcanzar mayores cotas de éxito en la vida.

¿Cuándo comenzar a educar emocionalmente?

¡Desde ya! Todos los estudios apuntan que la educación emocional empieza desde el nacimiento del niño (algunos estudios aseguran que incluso durante el periodo de gestación se pueden percibir los estados emocionales de la madre por parte del futuro bebé), por lo que la familia desempeña un papel fundamental. La base de todo este proceso es la interacción con los niños, ya que los padres ayudan de este modo a identificar y etiquetar sus emociones, orientando los sentimientos de los niños hacia actitudes positivas.

Respecto a la escuela, cabe resaltar la siguiente afirmación categórica: algunos de los aprendizajes más importantes se dan en las relaciones informales entre el niño y el maestro. El papel de los docentes es interesarse por las emociones y los sentimientos de los alumnos y fomentar lo que se podría denominar como ‘currículum afectivo’ (esto, aplicado al mundo laboral, sería un mecanismo efectivo para prevenir situaciones de ansiedad, estrés o burn out). Fomentar actividades grupales, el aprendizaje colaborativo o realizando asambleas periódicas en clase son algunos de las bases de una educación emocional efectiva.

¿Cómo puedo mejorar la educación emocional de mi entorno?

Aquí dejo algunas pautas muy sencillas para practicar la educación emocional con los niños (y no tan niños) y que, a buen seguro, tendrán una repercusión muy positiva en su desarrollo:

PARA LOS MÁS PEQUEÑOS

– Dibujar caras que expresen diferentes emociones

– Evocar sucesos importantes que ayuden a conectar con una emoción determinada (por ejemplo, recordar un día que fueron a la feria y preguntar por lo que sentían)

– Imitar con gestos faciales determinadas emociones (poner cara de miedo, de alegría…)

– Ejercicios de respiración para aprender a relajarse.

PARA NIÑOS DE 6 A 12 AÑOS

– Analizar imágenes o historias sobre un conflicto determinado

– El rincón del enfado. Es importante asignar un espacio para cuando los niños sientan enfado. Definir eselugar y provocar una charla posterior ayudará a encauzar las emociones negativas.

– Role-playing. En estos juegos el niño debe adquirir el papel de otra persona, para fomentar la empatía y valorar distintos puntos de vista.

PARA ADOLESCENTES

– Actividades enfocadas a mejorar la autoestima: Por ejemplo, los adolescentes escriben en un papel las 3-4 cosas que menos les gustan de sí mismos. Después, dialogar sobre esas debilidades para darle un enfoque positivo, haciendo hincapié en los puntos fuertes relacionados con esas debilidades.

– La utilidad de las preocupaciones. En esta actividad se establece un diálogo sobre las cosas que preocupan a los adolescentes. El papel del adulto es ofrecer alternativas a las preocupaciones en bucle y clasificarlas según su utilidad.

– Trabajar las habilidades sociales. Por ejemplo, realizar un dibujo a dos  manos (con dos personas), para lo que se necesitan habilidades como la colaboración y el trabajo en equipo.

– La asertividad. Se trata de enseñar a utilizar el razonamiento como herramienta para defender posturas enfrentadas.

Para finalizar, una actividad que engloba a todo este proceso y que fomentará lo que Avery y Nunley (1997) denominaron la ‘creatividad emocional’: Leer.Probablemente la lectura es el primer hogar de la inteligencia emocional, ya que fomenta la imaginación, la empatía, la creatividad, la toma de decisiones, el aprendizaje vicario, etc.

La importancia de la lectura en los niños y adultos merece, por su importancia, ser el eje central del próximo análisis. Aquí, en MUNDIARIO.

fuente: mundioario