Los primeros años de vida son fundamentales a la hora de estimular el aprendizaje, pero en Chile parece existir una dicotomía entre lo que dicen los estudios y la forma en que se ve a quienes están detrás de su enseñanza. Se requiere de capacitación e involucrar a la familia.

Mientras algunos asemejan el proceso a una esponja que se llena de agua, otros hacen referencia a un árbol: ambas cosas solo crecen cuando hay alguien dispuesto a regarlas. De ahí que la metáfora sea una que repiten especialistas ligados a la educación al hablar de la importancia de estimular el pensamiento, la creatividad y la forma en que se desenvuelven en su entorno los más chicos: a mayor caudal, más absorbe una esponja y son más las ramas de una planta. A mayor estímulo pedagógico, más información absorbe un niño y más fácil le es formar enlaces entre una cosa y otra.

“Durante la niñez se determina significativamente la trayectoria futura del aprendizaje. De hecho, el 80% del desarrollo cognitivo, emocional y social de los niños se construye en los primeros años de vida”, comenta la ministra de Educación, Carolina Schmidt. Sus palabras la apoyan una serie de estudios en neurociencia que destacan que, a los tres años, la densidad sináptica triplica aquella que se tiene al cumplir los 20. Esas mismas investigaciones son las que también destacan la importancia de contar con educadores preparados para asistir estos primeros pasos.

Impacto

“El país ha avanzado bastante rápido en términos de acceso, pero todavía hay muchas deudas pendientes en cuanto a calidad parvularia”, opina Francisca Morales, encargada del área de desarrollo infantil temprano de Unicef. “Si bien las principales instituciones que proveen educación parvularia en Chile -Junji e Integra- tienen sus propios sistemas de aseguramiento de calidad, esto aún es insuficiente, ya que hace falta una mirada nacional que compare los distintos proveedores, sistemas que de alguna manera permitan mejorar las políticas públicas que apoyan la educación inicial”, opina.

Mejorar la calidad de la educación parvularia supone “contar con una mayor cantidad de profesionales especializados, porque en estos casos se está tratando con un grupo de niños que presenta condiciones distintas a las de otros niveles. Los lactantes y menores de seis años requieren, por ejemplo, de mucho apoyo afectivo y emocional, lo que implica que los educadores deben tener habilidades blandas muy bien desarrolladas. Si hablamos de calidad, ese profesor también debe tener un amplio conocimiento de otras materias involucradas en el aprendizaje (como Ciencias y Matemáticas), pero también de otras que tienen que ver con el desarrollo mismo de un niño: hay que asegurarse que conozcan de Fisiología y Psicología”, comenta María Soledad Rayo, presidenta del Colegio de Educadores de Párvulos de Chile.

Si bien existen ejemplos de profesionales que calzan con este perfil, hasta ahora el panorama nacional se muestra desolador. En 2011, un estudio dio a conocer que Chile es uno de los países de la OCDE donde menos impacto tiene ir a un jardín infantil. A esta conclusión se llegó luego de preguntar a estudiantes de 15 años que habían rendido la prueba internacional PISA en 2009 si habían ido al jardín infantil cuando niños. Mientras que una respuesta positiva en Chile implicaba una ventaja de 14 puntos en comparación con quienes no habían ido, el promedio del resto de los países fue de 33 puntos más en la prueba en caso de haber asistido a clases desde chico.

Entre todos

Para Doyna Illmer, jefa de la Carrera de Pedagogía en Educación Parvularia de la Universidad Católica, este último punto se relaciona con que todavía persiste en algunos la idea de asociar el jardín infantil con una guardería. “El discurso justifica la necesidad de salas cunas y jardines infantiles para que la madre pueda trabajar, lo que atenta directamente contra la calidad de lo que se oferta, porque lo importante está en asegurar cuidado asistencial mientras la madre está afuera. Eso lo puede hacer relativamente bien cualquiera sin mayor preparación”.

Bajo su punto de vista, para revertir esta situación “resulta fundamental revelar los contenidos de la caja negra, lo que implica apertura; política de puertas abiertas, donde los apoderados puedan entrar al jardín y visitar con tranquilidad, donde los educadores y técnicos no tienen recelo de ser observados y evaluados, además de, sobre todo, ser retroalimentados en relación con su labor educativa”, indica.

Esta política les ha funcionado a las educadoras de párvulos del jardín infantil Kumelén (Integra) de La Pintana. “Tenemos muy buena acogida con las familias. Ellos pueden venir cuando quieran y se las invita a participar en las distintas experiencias educativas, como preparar disertaciones con sus hijos o elaborar degustaciones para los puestos de comida saludable. Así se dan cuenta directamente de que hay un aprendizaje y de que esto no es solo una guardería”, explica Andrea Sánchez, directora del establecimiento.

A pesar de estar inserto en una población vulnerable a las drogas y la violencia, el Mineduc ha destacado la labor del jardín por el alto número de niños que, después de egresados, son admitidos en colegios de alto prestigio de la comuna, además del impulso que les dan a los padres para seguir involucrados en el desarrollo educativo de sus hijos. Y es que “no es posible hablar de calidad de la educación inicial sin hablar y fortalecer la participación de las familias en el sistema”, asegura la ministra Schmidt.

“No basta con quedarse en la palabra, sino que también fomentar la acción. Tenemos que hacer el enlace para que la familia se acerque al jardín, para que entiendan la importancia de que el niño asista diariamente. Eso se hace convenciendo a través de las aptitudes y el trabajo”, dice María Soledad Rayo.

En el caso del Jardín Capullito de Rancagua (Junji), “nos preocupamos de hacer en marzo una cuenta pública de lo sucedido el año anterior. Conversamos de forma directa con las familias acerca de nuestras metas y logros”, cuenta su directora, Ana María Guajardo. Asimismo, el jardín -calificado con excelencia académica por el ministerio- se preocupa de generar lazos con la comunidad, fomentando actividades con un liceo del sector (entre ambos formaron un mini gimnasio para niños) e incentivando conductas de reciclaje y cuidado del medio ambiente con los vecinos.

Desde la Fundación Oportunidad celebran prácticas como estas y fomentan que las buenas ideas se compartan entre las mismas educadoras. Así lo han hecho hasta ahora quienes forman parte de su red. “Las buenas prácticas no pueden quedar entre unos pocos. Creemos muy importante que entre educadores puedan observarse, que vayan de una escuela a otra, se miren y se retroalimenten”, indica Marcela Marzolo, directora ejecutiva de la fundación.

En el caso de los colegios, igual de importante es que “los mismos directivos se involucren en lo que pasa en el área preescolar de la escuela: deben entrar a las salas, observar una experiencia de aprendizaje y hacerse parte de esto, porque para algunos es un mundo bastante nuevo”, agrega Marzolo.

“Es fundamental que todos estén al tanto de su importancia. Que se tenga claro que cuando se habla del derecho a la educación, se entienda que esto implica algo más que el acceso, sino que además los niños aprendan eso que deben aprender, que vayan a un lugar donde se les asegure que van a desarrollar plenamente su potencial”, opina Francisca Morales, de Unicef.

Fuente: El Mercurio 1 Diciembre 2013 Cuerpo A p. 12 Educación

Autor: Margherita Cordano F.